El jarro representa que Cristo es nuestro sanador.

Creemos que Jesucristo tiene poder para sanar cualquier enfermedad: “Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o campos, ponían en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos.” (Marcos 6:56).

Con su muerte en la cruz, Jesús proveyó el medio para que todos pudiésemos alcanzar la sanidad de nuestros cuerpos: “… y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isaías 53:5).

En nuestros días, este poder se sigue manifestando porque “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy , y por los siglos.” (Hebreos 13:8).

Podemos invocar confiadamente su gracia porque: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír;” (Isaías 59:1).