La pureza que necesitamos


Viernes 30 de Junio de 2017 | Comunicaciones ACYM

Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad; por tanto, el que rechaza estas instrucciones no rechaza a un hombre, sino a Dios, quien les da a ustedes su Espíritu Santo. 1 Tesalonisenses 4.7

La pureza que necesitamos El nuevo testamento nos habla continuamente de la pureza, la decencia y la castidad que deben caracterizar al cristiano. Sea cual fuere la degradación moral en que la sociedad se halle, el cristiano debe vivir una vida pura y santa. La historia del Nuevo Testamento nos habla de hombres y mujeres que vivían en altos ideales de pureza moral en medio de una sociedad corrompida y pervertida. El apóstol Pablo en la carta a los Romanos nos da un relato estremecedor de la terrible impureza que era común en sus días y de la perversión moral extremada que caracterizaba la civilización griega y romana. Basta leer a los historiadores de aquellos tiempos; Filón, Séneca, Plutarco y otros para convencerse de la degeneración moral del mundo antiguo. Sin embargo, a pesar de tales peligros, el creyente se mantenía fiel a los estándares de pureza y castidad en medio del vicio y la depravación. El apóstol Pablo exhorta a los creyentes con estas palabras: "No participen en las obras inútiles de la maldad y la oscuridad; al contrario, sáquenlas a la luz" (Efesios 5.11 NTV). Hoy día nos encontramos con problemas muy semejantes a los del tiempo de Pablo y la iglesia primitiva. Las distinciones morales se borran cada día más y más, y abundan las separaciones y divorcios, la infidelidad conyugal, y la pornografía complica aun más este estado de las cosas.

La Biblia no condena el matrimonio, al contrario, lo aprueba. El principio cristiano es la castidad. La Biblia enseña que el matrimonio es honroso y legal. Dios dijo: "Pero desde el principio de la creación "Dios los hizo hombre y mujer. Esto explica por qué un hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su esposa, y los dos se convierten en uno solo". Como ya no son dos sino uno, que nadie separe lo que Dios ha unido." (Marcos 10.6-9 NTV). La Biblia no enseña que la continencia sea mas honrosa que el matrimonio. Y aún el apóstol Pablo nos advierte en que en los últimos tiempos vendrían quienes prohibirían comer de las comida que Dios creó y prohibirían casarse. (1Timoteo 4.1-3). El apóstol Pedro era casado y el apóstol Pablo dice: "¿No tenemos derecho de traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas (o sea Pedro)"(1 Corintios 9:5). El autor de la carta a los Hebreos dice: "Honroso es el matrimonio y el lecho sin mancilla, pero a los fornicarios y a los adúlteros juzgará Dios" (Hebreos 13:4).

Dos de los pecados mencionados con mayor insistencia son el adulterio y la fornicación. Los creyentes en Cristo deben apartarse categóricamente de tales pecados. Si caen en ellos, el Nuevo Testamento los exhorta a confesarlos y arrepentirse, pero si insisten en su obstinación, la iglesia debe excomulgarlos de la comunión cristiana. El Nuevo Testamento va todavía más lejos, prohibiendo no solo las impurezas de la carne, sino las palabras y pensamientos impuros. El apóstol Pablo nos advierte: "Que no haya ninguna inmoralidad sexual, impureza ni avaricia entre ustedes. Tales pecados no tienen lugar en el pueblo de Dios. Los cuentos obscenos, las conversaciones necias y los chistes groseros no son para ustedes. En cambio, que haya una actitud de agradecimiento a Dios". (Efesios 5.3-4).

Los pecados de la carne se hallan condenados en el Nuevo Testamento por tres motivos:

  • Porque el cristiano es miembro del cuerpo de Cristo, y está unido a Jesús por la fe y por ello los pecados de la carne son incompatibles con la unión que hay entre Cristo y el creyente. Es hipocresía decir que somos de Cristo y a la vez pecar con nuestra carne desenfrenadamente. Por otra parte, hay todavía otra razón poderosa para no pecar, y es la vocación cristiana.
  • Los cristianos son hombres y mujeres llamados a ser santos (1 Tes. 4.7). Dios nos ha llamado de la impureza a la santidad, esto no será en el cielo solamente, debe comenzar aquí en la tierra. Esta nueva vida de santidad debemos empezar a vivirla aquí y ahora. El cuerpo del creyente es templo del Espíritu Santo y la inmoralidad es la negación absoluta de esta nueva vida en Cristo y el Espíritu Santo.
  • La última razón para vivir una vida santa es que si continuamos en el pecado, Dios nos abandonará. Dice el apóstol que ningún fornicario o inmundo o avaro heredará el reino de Dios. Estas son palabras muy fuertes, pero por desgracia, necesarias. El Nuevo testamento no deja lugar a dudas. Aquellos que persisten en pecados se separarán para siempre de Dios y la salvación. Los abusos de la carne destruyen la vida espiritual, dividen la familia, minan la sociedad y finalmente nos separan de Dios para siempre, ya que: " Sin la santidad, ninguno verá al Señor" (Hebreos 12.14).

Quizá alguien piense que esto es muy difícil llevarlo a cabo. La palabra de Dios requiere la pureza y castidad, pero también nos da las fuerzas para llevar a cabo tal ideal. Si hemos caído en pecado como los mencionados antes, nos debemos desesperarnos. Cristo recibió a la mujer adúltera, perdonó su pecado y le dijo con compasión: "Vete y no peques más". Recibió a la Samaritana que vivía en adulterio y la perdonó. Cristo tiene una profunda compasión por aquellos que son esclavos de pecados carnales. Por otra parte, es inútil tratar de vivir una vida de santidad por nuestros propios esfuerzos. No lo lograremos, necesitamos a Cristo. El nos cambiará y nos dará fuerzas para resistir la tentación y el pecado. El apóstol pablo nos recuerda "Algunos de ustedes antes eran así; pero fueron limpiados; fueron hechos santos; fueron hechos justos ante Dios al invocar el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios". (1 Corintios 6.11).

No te desanimes si te encuentras en el abismo de la esclavitud. Cristo quiere transformarte y lo hará si tu imploras su misericordia. Cristo condena la hipocresía, pero ama a aquellos que le confiesan sus faltas, por vergonzosas que estas sean. Fija tus ojos en Cristo, pide a El el perdón, y Cristo te dará la pureza que necesitas.

Tomado de la Revista Salud y Vida, Septiembre 1962